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El narrador presencia la confusión de palacio, identifica rostros entre el gentío y sigue el traslado del reo hacia la Sala de Alabarderos. A partir de ese instante, la escena se desplaza a la reacción indignada de quienes exigen certezas sobre la culpabilidad del clérigo y cuestionan los trámites de la ley, mezclando terror, acusaciones y debates sobre el crimen político.",{"@graph":59,"@context":115},[60,77,98],{"@type":61,"itemListElement":62},"BreadcrumbList",[63,68,71,74],{"item":64,"name":65,"@type":66,"position":67},"https://docshare.wps.com","Home","ListItem",1,{"item":69,"name":9,"@type":66,"position":70},"https://docshare.wps.com/es/document/",2,{"item":72,"name":35,"@type":66,"position":73},"https://docshare.wps.com/es/document/relatos-y-novelas/",3,{"item":75,"name":55,"@type":66,"position":76},"https://docshare.wps.com/es/document/the-revolution-of-july-chapter-1-i/311048/",4,{"url":75,"name":55,"@type":78,"image":79,"author":84,"headline":55,"publisher":87,"fileFormat":90,"inLanguage":53,"description":57,"dateModified":91,"datePublished":92,"encodingFormat":90,"isAccessibleForFree":93,"interactionStatistic":94},"DigitalDocument",{"url":80,"@type":81,"width":82,"height":83},"https://docshare.wps.com/thumbnails/the-revolution-of-july-chapter-1-i/311048.png","ImageObject",300,407,{"name":85,"@type":86},"Asher","Person",{"url":64,"name":88,"@type":89},"DocShare","Organization","application/pdf","2026-10-05","2026-09-20",true,{"@type":95,"interactionType":96,"userInteractionCount":70},"InteractionCounter",{"@type":97},"ViewAction",{"@type":99,"mainEntity":100},"FAQPage",[101,107,111],{"name":102,"@type":103,"acceptedAnswer":104},"¿Qué ocurre durante el atentado en la corte?","Question",{"text":105,"@type":106},"Un clérigo ataca a la Reina con una puñalada. 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La vibración de la multitud cortesana, un bramido que vino corriendo de la galería del costado Sur, y que al pronto nos pareció racha de impetuoso viento que agitaba los velos y mantos de las señoras, y precipitaba a los caballeros a una carrera loca tropezando en sus propios espadines, nos hizo comprender que algo grave ocurría por aquella parte... «Ha sido un clérigo» , oí que decían; y en efecto, recordé yo haber visto entre el gentío, poco antes, a un sacerdoteanciano, cuyas facciones reconocí sin poder traer su nombre a mi memoria... Hacia allá volé , adelantándome a los que ibanpresurosos, o tropezando con damas que aterradas volvían, y lo primero que vi fue un oficial de Alabarderos que a la Princesitallevaba en alto hacia las habitaciones reales. Luego vi a la Reina llevada en volandas... ¡Atentado, puñalada... un cura! ¿Habíasido herida gravemente? Muerta no iba. Creí o írla pronunciar algunas palabras; vi que movía su hermoso brazo casi desnudo, y la mano ensangrentada. Rápida visión fue todo esto , atropellada procesión de carnes, terciopelos, gasas, mangas bordadas de oro, tricornios guarnecidos de plata, Montpensier lívido, el infante don Francisco casi llorando... Al Rey no le vi: iba por ellado de la pared, detrás del montón fugitivo... Vi a Tamames; creo que vi también a Balazote...  \nMi fogosa curiosidad de lo anormal, de lo extraordinario, de lo que borra y destruye la vulgar semejanza de todas las cosas, me abrió paso, a codazo limpio, hacia el grupo donde esperaba ver al criminal. No sé cómo llegué : vi la cabeza cana de Merino , a la altura en que vemos la cabeza del que está de rodillas; la vi luego subir, y tras ella negras vestiduras nadapulcras... Apenas distinguí el rostro... Llevaban al reo hacia la Sala de Alabarderos, por detrás empujado, por delante a rastras. Entre tantas manos que querían conducirle , y al son confuso de las imprecaciones y denuestos, se me perdió aquella figura que yo quería ver en los instantes que siguen al punto trágico, ya que en este punto mismo no logré verla. Quise entrar; no me dejaron. En aquel momento me sentí cogido por el brazo , y volviéndome encaré con mi suegro, el señor don Feliciano de Emparán, en quien reconocí la imagen del terror: su boca era como la de una máscara griega, de la guardarropía de Melpómene, y sus cabellos, si no los empobreciera la calvicie, habrían estado en punta como las crines de un escobillón...«Figúrate -me dijo-, que lo he visto tan de cerca, tan de cerca, que más no cabe... Pasó Su [Majestad... la](Majestad... la) vi pararse, la vi sonreír mirando hacia atrás, como si llamara a una persona de la comitiva: esta persona era el Nuncio... el Nuncio de Su Santidad, que se adelantó pegándome un codazo por esta parte. Y cuando me volví, por esta otra parte me dieron otro codazo. 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