[{"data":1,"prerenderedAt":-1},["ShallowReactive",2],{"doc-detail-77578-es":3,"doc-seo-77578-110":30,"detail-sidebar-cat-0-es-110":91},{"code":4,"msg":5,"data":6},0,"success",{"doc_id":7,"user_id":8,"nickname":9,"user_avatar":10,"doc_module":4,"category_id":11,"category_name":12,"doc_title":13,"doc_description":14,"doc_content":15,"file_id":16,"file_url":17,"file_type":18,"file_size":19,"view_count":20,"is_deleted":4,"is_public":21,"is_downloadable":21,"audit_status":21,"page_count":22,"language":23,"language_code":24,"site_id":25,"html_lang":24,"table_of_contents":26,"faqs":27,"seo_title":13,"seo_description":14,"update_tm":28,"read_time":29},77578,2336464648322,"Aria","https://ap-avatar.wpscdn.com/avatar/2200025388227c56fec?_k=1778556882303663488",22,"Relatos y Novelas","El traje nuevo del emperador","Cuento clásico ambientado en una ciudad bulliciosa donde un Emperador gasta todas sus rentas en trajes de máxima elegancia. Dos tramposos se hacen pasar por tejedores y prometen telas invisibles para quien no sea apto o sea irremediablemente estúpido. Los funcionarios, temiendo ser descubiertos, fingen ver el tejido y elogian colores y dibujos inexistentes. Finalmente, el Emperador participa en la aprobación pública del atuendo y la corte celebra la supuesta vestimenta, revelando el poder del engaño y el miedo al juicio.","Lඑඊක඗ ඌඍඛඋඉකඏඉඌ඗ ඍඖ ඟඟඟ.ඍඔඍඒඉඖඌකඑඉ.උ඗ඕ, ගඝ ඛඑගඑ඗ ඟඍඊ ඌඍ  \n඗ඊකඉඛ ඌඍ ඌ඗ඕඑඖඑ඗ ඘වඊඔඑඋ඗  \n¡Eඛ඘ඍකඉඕ඗ඛ ඙ඝඍ ඔ඗ ඌඑඛඎකඝග඲එඛ!  \nEඔ Tකඉඒඍ Nඝඍඞ඗ ඌඍඔ Eඕ඘ඍකඉඌ඗ක  \nHඉඖඛ Cඐකඑඛගඑඉඖ Aඖඌඍකඛඍඖ  \nPඝඊඔඑඋඉඌ඗: 1837  \nEඔ Tකඉඒඍ Nඝඍඞ඗ ඌඍඔ Eඕ඘ඍකඉඌ඗ක  \nHace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia.  \nNo se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustabasalir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de lamisma manera que se dice de un rey: \"Está en el Consejo\", de nuestro hombre se decía: \"El Emperador está en el vestuario\".  \nLa ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.  \n—¡Deben ser vestidos magníficos!—pensó el Emperador—. Silos tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela—. Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.  \nEllos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero notenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.  \n«Me gustaría saber si avanzan con la tela»—, pensó el Emperador. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados dela particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.  \n«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores—pensó el Emperador—. Es un hombre honrado y el más indicado para juzgarde las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quiendesempeñe el cargo como él» .  \nEl viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos ampare!—pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas—. ¡Pero si no veo nada!» . Sin embargo, no soltó palabra.  \nLos dos fulleros le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el dibujo. Le señalaban el telarvacío, y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios santo!—pensó—. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo.¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela» .  \n—¿Qué? ¿No dice Vuecencia nada del tejido?—preguntó uno delos tejedores.  \n—¡Oh, precioso, maravilloso!—respondió el viejo ministromirando a través de los lentes—. ¡Qué dibujo y qué colores! Desdeluego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente.  \n—Nos da una buena alegría—respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en lamemoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.  \nLos estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. 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