[{"data":1,"prerenderedAt":-1},["ShallowReactive",2],{"doc-detail-78276-es":3,"doc-seo-78276-110":30,"detail-sidebar-cat-0-es-110":92},{"code":4,"msg":5,"data":6},0,"success",{"doc_id":7,"user_id":8,"nickname":9,"user_avatar":10,"doc_module":4,"category_id":11,"category_name":12,"doc_title":13,"doc_description":14,"doc_content":15,"file_id":16,"file_url":17,"file_type":18,"file_size":19,"view_count":20,"is_deleted":4,"is_public":21,"is_downloadable":21,"audit_status":21,"page_count":22,"language":23,"language_code":24,"site_id":25,"html_lang":24,"table_of_contents":26,"faqs":27,"seo_title":13,"seo_description":14,"update_tm":28,"read_time":29},78276,8796095461564,"Liam","https://ap-avatar.wpscdn.com/davatar_155a257f0dc6eb9ab79c44ca47cae57d",22,"Relatos y Novelas","La Cartera - Rafael Barrett","“La Cartera” de Rafael Barrett relata un encuentro en el que un obrero devuelve una cartera perdida y, pese a su honradez, queda sometido al desprecio de un rico propietario. El señor revisa los papeles, confirma el dinero y convierte el acto de devolver en una prueba para exigir y humillar. La conversación deriva en una confrontación moral que revela el contraste entre miseria, lujo y poder. El desenlace muestra cómo la “bondad” del rico puede transformarse en crueldad.","LIBRO DESCARGADO EN WWW.ELEJANDRIA.COM, TU SITIO WEB DE OBRAS DE  \nDOMINIO PÚBLICO  \n¡ESPERAMOS QUE LO DISFRUTÉIS!  \nLA CARTERA  \nRAFAEL BARRETT  \nPUBLICADO: APROX. ENTRE 1907 Y 1910  \nFUENTE: DOMINIO P ÚBLICO  \nLA CARTERA  \nEl hombre entró, lamentable. Traía el sombrero en una mano yuna cartera en la otra . El señor, sin levantarse de la mesa, exclamó vivamente:  \n—¡Ah!, es mi cartera . ¿Dónde la ha encontrado usted?  \n—En la esquina de la calle Sarandí. Junto a la vereda.  \nY con un ademán, a la vez satisfecho y servil entregó el objeto.—¿En las tarjetas leyó mi dirección, verdad?  \n—Sí, señor. Vea si falta algo…  \nEl señor revisó minuciosamente los papeles. Las huellas de lossucios dedos le irritaron . «¡Cómo ha manoseado usted todo!» . Después con indiferencia, contó el dinero: mil doscientos treinta; si, no faltaba nada.  \nMientras tanto, el desgraciado, de pie, miraba los muebles, los cortinajes… ¡Qué lujo! ¿Qué eran los mil doscientos pesos de la cartera al lado de aquellos finos mármoles que erguían su inmóvil gracia luminosa, aquellos bronces encrespados y densos que relucían en la penumbra de los tapices?  \nEl favor prestado disminuía. Y el trabajador fatigado pensaba que él y su honradez eran poca cosa en aquella sala. Aquellas frágiles estatuas no le producían una impresión de arte, sino de fuerza . Y  \nconfiaba en que fuese entonces una fuerza amiga. En la calle llovía, hacía frío, hacía negro .  \nY adentro la llama de la enorme chimenea esparcía un suave y hospitalario calor. 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Pero los héroes no mendigan propinas. ¡Vaya un héroe, que no se atreve aclavarme la vista, ni a sentarse en presencia del vicioso! Yo adoro los vicios: comer calandrias traídas de Europa, trufas, foie gras, beber Sauternes, Pommardi y Mumm—¿comprendes?—y entreabrir los más deliciosos muslos de mujer con que jamás soñaste, y colgar en mi cuarto pinturas que valen lo que el resto de la casa . Yo no miento como tú; yo digo claro lo que me gusta, lo que conquisté . Y no lo conquisté devolviendo carteras y pidiendo limosnas.  \nEl señor se divertía excesivamente. El obrero empezó a temblar.  \n—El honrado espera la propina. La espera de mi bondad, es decir, de mi cobardía. Yo no soy de los que sueltan cien pesos para consolarse de tener un millón. No te daré un centavo . ¿Honrado tú? 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