[{"data":1,"prerenderedAt":-1},["ShallowReactive",2],{"doc-detail-76491-es":3,"doc-seo-76491-110":30,"detail-sidebar-cat-0-es-110":91},{"code":4,"msg":5,"data":6},0,"success",{"doc_id":7,"user_id":8,"nickname":9,"user_avatar":10,"doc_module":4,"category_id":11,"category_name":12,"doc_title":13,"doc_description":14,"doc_content":15,"file_id":16,"file_url":17,"file_type":18,"file_size":19,"view_count":20,"is_deleted":4,"is_public":21,"is_downloadable":21,"audit_status":21,"page_count":22,"language":23,"language_code":24,"site_id":25,"html_lang":24,"table_of_contents":26,"faqs":27,"seo_title":13,"seo_description":14,"update_tm":28,"read_time":29},76491,549758252649,"Ivy","https://ap-avatar.wpscdn.com/avatar/8000253669c5317157?_k=1778319167496531819",22,"Relatos y Novelas","En busca del tiempo perdido III: El mundo de los Guermantes (Marcel Proust)","Fragmento de En busca del tiempo perdido, volumen III, centrado en El mundo de los Guermantes. La narración describe el desasosiego de Francisca tras mudarse de casa y contrasta la sensibilidad del narrador con el temperamento de la criada. A partir del cambio de barrio y del ambiente social ligado a los nombres, el texto desarrolla una reflexión sobre cómo los nombres propios cargan imaginaciones y “hadas” que se apagan al acercarse a la persona real.","Libro descargado [en www.elejandria.com](en www.elejandria.com), tu sitio web de obras de  \ndominio público  \n¡Esperamos que lo disfrutéis!  \nEn busca del tiempo perdido  \nIII  \nEl mundo de los guermantes  \nMarcel Proust  \nSantiago Rueda, Buenos Aires, 1931  \nPRIMERA PARTE  \n«El piar de los pájaros...»  \nEL piar matinal de los pájaros le parecía insípido a Francisca. Cada palabrade las chicas la hacía sobresaltarse; molesta por todos sus pasos, interrogábase a cuenta de ellos; es que nos habíamos mudado de casa. Verdades que las criadas no bullían menos en el sexto de nuestra antigua morada; pero Francisca las conocía; había hecho de sus idas y venidas cosas amigas. Ahora prestaba hasta al silencio una atención dolorosa. Y como nuestro nuevo barrio parecía tan tranquilo como ruidoso era el bulevar a que hastaentonces había dado nuestra casa, la canción (distinta de lejos, cuando es débil, como un motivo de orquesta) de un hombre que pasaba hacía acudir las lágrimas a los ojos de la desterrada Francisca. Así, si me había burlado de ella afligida por haber tenido que dejar un inmueble donde era uno tan bien mirado por todo el mundo y en el que ella había hecho sus maletas llorando, según los ritos de Combray, y declarando superior a todas las casas posiblesla que había sido la nuestra—, en desquite, yo, que asimilaba tan fácilmente las cosas nuevas como abandonaba fácilmente las antiguas, me reconcilié con nuestra vieja criada cuando vi que la instalación en una casa en que no habíarecibido del portero, que aún no nos conocía, las muestras de consideraciónnecesarias para su buena nutrición moral, la había sumido en un estado próximo a la extenuación. Sólo ella podía comprenderme; no hubiera sido, evidentemente, su joven lacayo quien me comprendiese; para él, que tenía de Combray lo menos posible, mudarse de casa, irse a vivir a otro barrio, venía aser como tomarse unas vacaciones en que la novedad de las cosas daba el mismo reposo que si se hubiera viajado; creía estar en el campo, y un catarrode cabeza le trajo, como un aire pillado en un vagón en que cierra mal el cristal de la ventanilla, la impresión deliciosa de que había visto el campo; acada estornudo se congratulaba de haber encontrado una colocación tan distinguida, habiendo como había deseado siempre tener unos señores que viajasen mucho. Así, sin pensar en él, yo me iba derecho a Francisca; como me había reído de sus lágrimas en una partida que a mí me había dejadoindiferente, se mostró glacial respecto de mi tristeza, precisamente porque la compartía. Con la supuesta sensibilidad de los nerviosos aumenta su  \negoísmo; no pueden soportar por parte de los demás la exhibición del malestar a que en sí mismos prestan mayor atención cada vez. Francisca, que no dejaba pasar el más ligero de los que sentía ella, si yo sufría volvía a otro lado la cabeza, porque yo no tuviese el placer de ver mi sufrimiento compadecido, ni siquiera notado. Lo mismo hizo en cuanto quise hablarle de nuestra nueva casa. Por lo demás, como al cabo de dos días hubiese tenido que ir a buscar alguna ropa que había quedado olvidada en la casa que acabábamos de dejar, mientras yo tenía aún, a consecuencia de la mudanza, temperatura, y, como una boa que acabara de tragarse un buey, me sentíapenosamente abollado por un largo baúl que mi vista tenía que digerir, Francisca, con la infidelidad de las mujeres, volvió diciendo que había creído ahogarse en nuestro antiguo bulevar, que para llegar hasta él se había encontrado completamente despistada, que no había vista nunca escalerasmás incómodas, que jamás volvería a vivir allí ni por un imperio, ni aunque le diesen millones —hipótesis gratuitas—, que todo (es decir, lo que concernía a la cocina y a los corredores) estaba mucho mejor apañado en nuestra nueva casa. Ahora bien, es tiempo de decir que ésta—y habíamos venido a vivir a ella porque como mi abuela no se encontraba muy bien, razón que nos habíamos guardado de darle, necesitaba aire más puro—era un ","cbCaigRloxIPuzwj","https://ap.wps.com/l/cbCaigRloxIPuzwj","pdf",2663916,3,1,546,"Spanish","es",110,"# En busca del tiempo perdido III: El mundo de los Guermantes\n## Primera parte\n## El piar matinal de los pájaros y la mudanza\n## Nombres, imaginario social y el “hada” de Guermantes","[{\"question\":\"Qué provoca el malestar de Francisca en el nuevo barrio?\",\"answer\":\"El cambio de casa altera su tranquilidad: le parecen insípidos los sonidos del entorno y se sobresalta con las palabras y ruidos que antes no le afectaban igual. 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