[{"data":1,"prerenderedAt":-1},["ShallowReactive",2],{"doc-detail-76195-es":3,"doc-seo-76195-110":29,"detail-sidebar-cat-0-es-110":82},{"code":4,"msg":5,"data":6},0,"success",{"doc_id":7,"user_id":8,"nickname":9,"user_avatar":10,"doc_module":4,"category_id":11,"category_name":12,"doc_title":13,"doc_description":14,"doc_content":15,"file_id":16,"file_url":17,"file_type":18,"file_size":19,"view_count":20,"is_deleted":4,"is_public":21,"is_downloadable":21,"audit_status":21,"page_count":22,"language":23,"language_code":24,"site_id":25,"html_lang":24,"table_of_contents":26,"faqs":27,"seo_title":13,"seo_description":14,"update_tm":28,"read_time":11},76195,1099513958607,"Jiven","https://ap-avatar.wpscdn.com/avatar/100002390cf8733938c?x-image-process=image/resize,m_fixed,w_180,h_180&k=1778829742770036399",37,"Literatura","Adiós, cordera","Adiós, cordera presenta la vida tranquila de una vaca, la Cordera, en el prado Somonte, donde sus pensamientos sosegados y su relación con Rosa y Pinín se basan en la paz, la observación y la rutina. El relato contrasta esa calma con la llegada del telégrafo y, sobre todo, del ferrocarril, que primero genera miedo, sobresaltos y curiosidad intensa, hasta transformarse en una costumbre silenciosa marcada por el paso del tiempo, los rumores metálicos y la soledad del paisaje asturiano.","Libro descargado [en www.elejandria.com](en www.elejandria.com), tu sitio web de obras de dominio público  \n¡Esperamos que lo disfrutéis!  \n¡Adiós, cordera!  \nLeopoldo Alas Clarín  \n¡Eran tres, siempre los tres!: Rosa, Pinín y la Cordera. El prao Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colga  \ndura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus ángulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí como pendón de conquista, consus jícaras blancas y sus alambres paralelos, aderecha e izquierda, representaba para Rosa y Pinín el ancho mundo desconocido, misterioso, temible eternamente ignorado. Pinín, después de pensarlo mucho, cuando a fuerza de ver días y días el poste tranquilo, inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea y parecerse todo lo posible a un árbol  \nseco, fue atreviéndose con él, llevó la confianza al extremo de abrazarse al leño y trepar hastacerca de los alambres. Pero nunca llegaba atocar la porcelana de arriba, que le recordaba las jícaras que había visto en la rectoral de Puao. Al verse tan cerca del misterio sagrado le  \nacometía un pánico de respeto, y se dejaba res-balar deprisa hasta tropezarcon los pies en el  \ncésped. Rosa, menos audaz, pero más enamorada de lo desconocido, se contentaba con arrimar el oído al palo del telégrafo, y minutos, y hasta cuartos de hora, pasaba escuchando los formidables rumores metálicos que el vientoarrancaba a las fibras del pino seco en contacto con el alambre. Aquellas vibraciones, a vecesintensas como las del diapasón, que aplicado aloído parece que quema con su vertiginoso latir, eran para Rosa los papeles que pasaban, las cartas que se escribían por los hilos, el lenguaje incomprensible que lo ignorado hablaba con lo  \nignorado; ella no tenía curiosidad por entender los que los de allá, tan lejos, decían a los delotro extremo del mundo. ¿Qué le importaba?. Su interés estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su misterio.  \nLa Cordera, mucho más formal que sus compañeros, verdad es que, relativamente, de  \nedad también mucho más madura, se abstenía de toda comunicación con el mundo civilizado,  \ny miraba de lejos el palo del telégrafo como lo que era para ella efectivamente, como cosamuerta, inútil, que no le servía siquiera para rascarse. Era una vaca que había vivido mucho. 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Pastar de cuando en cuando, no mucho,  \ncada día menos, pero con atención, sin perder el tiempo en levantar la cabeza por curiosidad necia, escogiendo sin vacilar los mejores bocados, y después sentarse sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el deleite del no padecer, y todo lo demás aventuras peligrosas. Ya no recordaba cuando le había picado la mosca.  \n“El xatu (el toro), los saltos locos por las  \npraderas adelante..., ¡todo eso estaba tan lejos!”Aquella paz sólo se había turbado en los  \ndías de prueba de la inauguración del ferrocarril.La primera vez que la Cordera vio pasar el tren se volvió loca. 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