[{"data":1,"prerenderedAt":-1},["ShallowReactive",2],{"doc-detail-76533-es":3,"doc-seo-76533-110":30,"detail-sidebar-cat-0-es-110":91},{"code":4,"msg":5,"data":6},0,"success",{"doc_id":7,"user_id":8,"nickname":9,"user_avatar":10,"doc_module":4,"category_id":11,"category_name":12,"doc_title":13,"doc_description":14,"doc_content":15,"file_id":16,"file_url":17,"file_type":18,"file_size":19,"view_count":20,"is_deleted":4,"is_public":21,"is_downloadable":21,"audit_status":21,"page_count":22,"language":23,"language_code":24,"site_id":25,"html_lang":24,"table_of_contents":26,"faqs":27,"seo_title":13,"seo_description":14,"update_tm":28,"read_time":29},76533,137441390410,"Hazel","https://ap-avatar.wpscdn.com/avatar/2000252f4ab5702993?_k=1776741390130283984",22,"Relatos y Novelas","El primo Pons","El texto presenta a un anciano paseante en el bulevar parisino, observado por la gente cotidiana que se complace en analizar a los transeúntes. Su satisfacción personal se refleja en una sonrisa irónica y burlona que despierta curiosidad. La narración detalla, con enfoque casi arqueológico, cómo su atuendo remite al Imperio de 1806: spencer, frac, sombrero y rasgos del rostro. La fealdad cómica se mezcla con una melancolía profunda que inhibe la ternura y frustra el deseo de gustar.","El Primo Pons  \nPor  \nHonore de Balzac  \nI  \nUna gloriosa ruina del Imperio  \nHacia las tres de la tarde de un día del mes de octubre de 1844, un hombre de unos sesenta años, pero a quien todo el mundo hubiese creído mayor, andaba por el bulevar de los Italianos, con la cabeza gacha, los labios sumidos, como un negociante que acaba de hacer un excelente negocio, o como un joven contento de sí mismo saliendo del gabinete de una dama. Ésta es en París la máxima expresión conocida de la satisfacción personal en un hombre. Al divisar de lejos al anciano, las personas que van allí todos los días asentarse en las sillas, entregadas al placer de analizar a los paseantes, dejaban todas que en su rostro se pintara esta sonrisa tan propia de la gente de París, y que dice tantas cosas irónicas, burlonas o compasivas, pero que para animar la faz de un parisiense, hastiado de todos los espectáculos posibles, exige grandes curiosidades vivientes.  \nUna frase bastará para comprender el valor arqueológico de aquel infeliz, y la razón de la sonrisa que se repetía como un eco en todos los ojos. Una vez preguntaron a Hyacinthe, un actor célebre por sus ocurrencias, de dónde sacaba aquellos sombreros que hacían desternillar de risa al público. «No lossaco de ninguna parte, los guardo», respondió . Pues bien, entre el millón de actores que componen la gran compañía de París, hay Hyacinthes que ignoran que lo son, y que conservan en su atuendo todas las antiguallas del pasado, y que se os aparecen como la personificación de toda una época para provocar vuestra hilaridad cuando os paseáis rumiando algún amargo sinsabor causado por la traición de un ex amigo.  \nAunque manteniendo en ciertos detalles de su vestimenta una fidelidad alas modas del año 1806, este paseante recordaba la época del Imperio sin constituir una caricatura exagerada. Para los observadores, estos matices convierten esta suerte de evocaciones en algo extraordinariamente atractivo. Pero este conjunto de pequeñeces exigía la atención analítica de que estándotados los expertos en ociosidad; y, para provocar la risa a distancia, el paseante debía ofrecer alguna rareza especial, de las que, como suele decirse, saltan a la vista, y que los actores se esfuerzan por conseguir, con objeto deasegurar el éxito de sus entradas en escena. Este anciano, flaco y enjuto, llevaba un spencer de color avellana sobre un frac verdoso con botones de metal blanco…Un hombre con spencer en 1844 viene a ser algo así como si Napoleón se hubiese dignado resucitar por un par de horas.  \nEl spencer fue inventado, como su nombre indica, por un lord sin duda orgulloso de la esbeltez de su cintura. Antes de la paz de Amiens, este inglés  \nhabía resuelto el problema de cubrir el busto sin necesidad de recargar el cuerpo con el peso del horrible carrick, que aún hoy se ve en los viejoscocheros de los simones; pero como las cinturas esbeltas están en minoría, en Francia la moda de lo spencer para hombres sólo tuvo un éxito pasajero, apesar de haber sido una invención inglesa. Viendo un spencer, la gente decuarenta a cincuenta años, con el pensamiento vestían a aquel hombre con botas de campana y unos calzones de casimir verde alfóncigo con una lazadade cintas, y se veían en el atuendo de su juventud. Las ancianas rememorabansus conquistas. En cuanto a los jóvenes, se preguntaban por qué aquel viejo Alcibíades había cortado la cola a su paletó . Todo concordaba tan bien coneste spencer que no se hubiese dudado en llamar a este paseante un hombreImperio, del mismo modo que se habla de un mueble-Imperio; pero sólosimbolizaba el Imperio para aquellos que habían conocido, al menos de visu, esta magnífica y grandiosa época; ya que se requería una cierta fidelidad de recuerdos en cuanto a modas. 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