[{"data":1,"prerenderedAt":-1},["ShallowReactive",2],{"doc-detail-77292-es":3,"doc-seo-77292-110":30,"detail-sidebar-cat-0-es-110":91},{"code":4,"msg":5,"data":6},0,"success",{"doc_id":7,"user_id":8,"nickname":9,"user_avatar":10,"doc_module":4,"category_id":11,"category_name":12,"doc_title":13,"doc_description":14,"doc_content":15,"file_id":16,"file_url":17,"file_type":18,"file_size":19,"view_count":20,"is_deleted":4,"is_public":21,"is_downloadable":21,"audit_status":21,"page_count":22,"language":23,"language_code":24,"site_id":25,"html_lang":24,"table_of_contents":26,"faqs":27,"seo_title":13,"seo_description":14,"update_tm":28,"read_time":29},77292,34359740700684,"Finn","https://ap-avatar.wpscdn.com/avatar/1f400023980c374ae676?_k=1777273430885731487",22,"Relatos y Novelas","Cuentos de marineda","Colección de relatos ambientados en un mundo cultural y teatral, narrados desde una mirada irónica y nostálgica. El narrador describe su experiencia de asistir al Teatro Real, el disfrute de la música y la evolución de su criterio como oyente, comparando distintas escuelas y óperas. El texto introduce un “paraíso” de aficionados y especialistas que discuten con pasión, mostrando personajes excéntricos que transforman la sala en un espacio de aprendizaje, debate y humor constante alrededor de la interpretación musical.","Lඑඊක඗ ඌඍඛඋඉකඏඉඌ඗ ඍඖ ඟඟඟ.ඍඔඍඒඉඖඌකඑඉ.උ඗ඕ , ගඝ ඛඑගඑ඗ ඟඍඊ ඌඍ  \n඗ඊකඉඛ ඌඍ ඌ඗ඕඑඖඑ඗ ඘වඊඔඑඋ඗  \n¡Eඛ඘ඍකඉඕ඗ඛ ඙ඝඍ ඔ඗ ඌඑඛඎකඝග඲එඛ!  \nCඝඍඖග඗ඛ ඌඍ Mඉකඑඖඍඌඉ  \nEඕඑඔඑඉ Pඉකඌ඗ Bඉජණඖ  \nPඝඊඔඑඋඉඌ඗: 1880  \nP඗ක ඍඔ ඉකගඍ  \nMientras residí en la corte desempeñando mi modesto empleo de doce mil en las oficinas de Hacienda, pocas noches recuerdo haber faltado al paraíso del teatro Real. La módica suma de una peseta cincuenta, sin contrapeso de gasto de guantes ni camisa planchada—porque en aquella penumbra discreta y bienhechora no se echan de ver ciertos detalles—, me proporcionaba horas tan dulces, que las cuento entre las mejores de mi vida.  \nDurante el acto, inclinado sobre el antepecho o sobre el hombrodel prójimo, con los ojos entornados, a fuer de dilettante cabal, me dejaba penetrar por el goce exquisito de la música, cuyas ondas me envolvían en una atmósfera encantada. Había óperas que eran paramí un continuo transporte: Hugonotes, Africana, Puritanos, Fausto, y cuando fue refinándose mi inteligencia musical, El Profeta, Roberto, Don Juan y Lohengrin. Digo que cuando se fue refinando mi inteligencia, porque en los primeros tiempos era yo un porro que disfrutaba de la música neciamente, a la buena de Dios, ignorando las sutiles e intrincadas razones en virtud de las cuales debíagustarme o disgustarme la ópera que estaba oyendo. Hastaconfieso con rubor que empecé por encontrar sumamente agradables las partituras italianas, que preferí lo que se pega aloído, que fui admirador de Donizetti, amigo de Bellini, y aun me dejé cazar en las redes de Verdi. Pero no podía durar mucho mi insipiencia; en el paraíso me rodeaba de un claustro pleno de doctores que ponían cátedra gratis, pereciéndose por abrir los ojos yenseñar y convencer a todo bicho viviente. Mi rincón favorito yacostumbrado, hacia el extremo de la derecha, era, por casualidad, el más frecuentado de sabios; la facultad salmantina, digámoslo así,  \ndel paraíso. Allí se derramaba ciencia a borbotones y, al calor de las encarnizadas disputas, se desasnaban en seguida los novatos. Detrás de mí solía sentarse Magrujo, revistero de El Harpa—periódico semiclandestino—, cuyo suspirado y jamás cumplido ideal era una butaca de favor, para darse tono y lucir cierto frac picado de polilla y asaz anticuado de corte. A este Magrujo competíailustrarnos acerca de si las «entradas» y «salidas» de los cantantesiban como Dios manda; y desempeñaba su cometido como ungerifalte, por más que una noche le pusieron en visible apuro preguntándole qué cosa era un semitono y en qué consistía elintríngulis de cantar sfogatto. A mi izquierda estaba Dóriga, un chico flaco, ayudante de una cátedra de Medicina, el cual tenía el raromérito de no oír nunca a los cantantes, sino a la orquesta, y para eso, de no oírla en conjunto, sino a cada instrumento por su lado, de manera que, al caer el telón, nos tarareaba pianísimo, conentusiasmo loco, los compases, ¡morrocotudos! de los violines antes del aria del tenor, o las notas ¡de buten!, que tiene el corno inglésdespués del coro de sacerdotes, verbigracia. Un poco más lejos, silencioso y mamando el puño de su bastón, que era una esfera deníquel, veíamos a don Saturnino Armero, oráculo respetadísimo, ya porque sólo hablaba en contadas ocasiones y para resolver las disputas de mayor cuantía, ya porque era uno de esos maniáticos de arte que tienen la habilidad de meterse por el ojo de una aguja en casa de las eminencias más ariscas e inaccesibles, y ahí le tienen ustedes íntimo amigo de Arrieta, y de Sarasate, y de Gayarre y de Uetam y de Monasterio, y él sabía antes que nadie el tren por quellegaba la Patti a Madrid, y esperaba a la diva en el andén, y a él le confiaba la Reszké la cartera de viaje, para que hiciese el favor dellevársela hasta su domicilio, y él asistía a las conversaciones másprivadas, siempre silencioso y mamando el puño del bastón, pero oyendo con toda su alma, sin pestañear siquiera, adquiriendoconocimientos profundos y erudición peregrina y datos siempre nuevos. 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